La aventura

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De pronto le vi levantar los brazos por encima de su cabeza y desaparecer. Una portilla se abrió de golpe en el último momento. Levanté a Serafina: dos manos la agarraron y, con la prisa por trepar para seguirla, me desollé las espinillas cruelmente. La portilla se volvió a cerrar; la drogher continuó dando tumbos, en medio de la más absoluta indiferencia. Serafina dejó caer a sus pies el capote y se quitó rápidamente el sombrero.

—Buenos días, amigos —dijo solemnemente.

—Malditos idiotas… ¡Estaos quietos! —siseó Sebright.

La advertencia hizo sofocar todas las aclamaciones en aquellas gargantas bronceadas. Sólo un débil «Hurra» sonó con voz trémula por toda la cubierta. El tímido despensero no había podido contener su entusiasmo. Se abofeteó la cara desesperado y se marchó precipitadamente a encerrarse en su despensa.

—¡Vuelvan, cielos!… Entren… ¡Buen Dios!… Vaya mar de lágrimas —balbuceó Sebright, metiéndonos a empujones en el camarote de proa—… ¡Entren! ¡Entren inmediatamente!

La señora Williams se levantó de la mesa con los ojos muy abiertos y las manos apretadas, tropezando dos veces cuando corría hacia nosotros.


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