La aventura
La aventura —¿Qué le ha hecho usted a esta niña, mÃster Kemp? —me gritó como una loca—. ¡Oh, querida, querida mÃa! Pareces tu propia sombra.
Ardiendo de impaciencia, Sebright se apartó de mÃ. La puerta de la cabina se cerró sobre las dos mujeres abrazadas y, una vez que pasamos al camarote de Sebright, al principio no pudimos hacer más que darnos palmadas en la espalda el uno al otro y proferir las más incoherentes exclamaciones, como una pareja de idiotas bromistas. Pero cuando, desahogando mi corazón, traté de guasearme de él por no mantener su palabra de cuidar de nosotros, se retorció tratando de contener su hilaridad, se dio una palmada en los muslos y su rostro enrojeció.
Lo divertido del caso era que desde hacÃa seis dÃas nos daban por muertos… ahogados; a doña Serafina, al menos, le habÃan proporcionado esa especie de muerte en su propio nombre; por el contrario, yo también me habÃa ahogado, pero disfrazado de joven noble inglés con aficiones piráticas.
—Nada de lo que pensaron que habÃa ocurrido era demasiado malo para ellos —comentó, riéndose alegremente a carcajadas al verme sano y salvo—. ¡Muertos! ¡Ahogados! ¡Ajajá! Bueno, ¿no es eso?