La aventura
La aventura La señora Williams —dijo él— habÃa estado llorando a lágrima viva por nuestro desgraciado fin; e incluso el patrón habÃa puesto mala cara a su comida durante un dÃa o dos.
—¡Ajajá! ¡Ahogados! ¡Excelente!
Me zarandeó por la espalda, mirándome fijamente a los ojos… y la extraña hilaridad nerviosa con que me recibió, tan diferente de su actitud desdeñosa, me probó que él también se habÃa creÃdo el rumor. En efecto, la hipótesis no podÃa ser más verosÃmil, considerando mi inexperiencia en gobernar una barca y la furia del viento del norte, que habÃa enviado al Lion a La Habana en menos de veinte horas, después de que lo abandonáramos en la costa.
De pronto se produjo en él un cambio. Me empujó hacia el sofá.
—¡Hable! ¡DÃgame! ¿Qué ha sucedido? ¿Dónde han estado todo este tiempo? Hombre, parece haber envejecido usted diez años.
—¿Diez años? ¿Eso es todo? —dije.
Y cuando hubo escuchado el relato completo de nuestras aventuras, pareció calmarse bastante.
—¡Estupendo! ¡Qué maravilla! —murmuró, sumido en una profunda meditación, hasta que le recordé que ahora le tocaba hablar a él.
¿Estábamos a salvo a bordo del Lion?