La aventura

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La cosa era bastante increíble, pero yo tenía buenas razones para creérmela. Con los estruendosos acordes del Dies Ira retumbando en su cabeza inclinada hacia abajo, entre todos aquellos símbolos y atavíos de duelo, debió haber visto, en la negra angustia de su desconcertante pasión, la verdadera imagen de la muerte y debió saborear toda la profunda decepción de la vida. ¿Quién podría decir cuánta rabia secreta, envidia, pesar y desesperación había en aquel arrebato de dolor, cuya sinceridad había desconcertado al distinguido grupo de dolientes, hasta casi hacerles interrumpir sus súplicas oficiales por el descanso de ese anciano, que había estado desconectado del mundo durante tantos años? Creo que ese mismo día, justo cuando se dirigía al oficio, O’Brien había recibido la noticia de nuestra supuesta muerte, ahogados. La música, las voces, las luces del panteón, la pompa del duelo, el temor y las lamentaciones de los suplicantes pidiendo clemencia para el muerto, habían sido demasiado para él. Había presumido demasiadas veces de su fortaleza. Ahora lloraba por su amor perdido, su venganza desbaratada, los sueños desvanecidos, la inaccesible consumación de su deseo.

—Y usted sabe, con todas estas historias, comenzó a sentirse incómodo —empezó de nuevo Sebright, después de reflexionar durante algún tiempo.


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