La aventura

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En efecto, los últimos acontecimientos en Río Medio ponían en peligro su posición. Ya no podía presentar sus informes sobre el estado de la provincia, con imprevistas reflexiones sobre la mala fe del gobierno inglés (que alienta a los rebeldes en contra de su Majestad Católica) y la arrogancia del almirante inglés, para concluir con la lealtad y honradez de la población de Río Medio, «ella misma sujeta a numerosas vejaciones por parte de los piratas mexicanos». El más famoso de esos escritos, publicado en su fecha en la gaceta oficial, recomendaba que la leal villa fuese provista para su defensa de una batería de cañones de a treinta y seis. Los habían recibido justo a tiempo para volverse contra la flota de Rowley, ya se sabe con qué funestas consecuencias. El informe de O’Brien sobre ese incidente había dejado en claro que la virtuosa población de la bahía, exasperada por las intrusiones de los mexicanos en su pacífico Estado, y aborreciendo en el fondo de su corazón la rebelión que trataba de levantar su envenenada cabeza, etc., se había servido heroicamente de la batería para defender la ciudad de los que ellos tomaron por los mismos barcos piratas que perseguía el almirante británico. Imploraba para ellos la luz incierta de las primeras horas de la mañana, el ardor de los ciudadanos, valerosos pero naturalmente inexpertos en asuntos bélicos, y la imposibilidad de suponer que el almirante de una potencia amiga enviaría una fuerza armada para desembarcar en estas costas. Yo había leído esos informes con mis propios ojos; había a bordo viejos expedientes de la Gazette, y Sebright, que lo había leído todo sobre O’Brien, me señaló un pasaje con el dedo, murmurando:


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