La aventura

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—Ese gordo romántico se casó con la vieja por simple caballerosidad y nunca se dio cuenta de lo que eso significaba hasta que ella partió con él —prosiguió Sebright hablándome al oído—. La quiere y la honra más de lo que usted pueda creer. Eso es cierto, míster Kemp, pese a su encogimiento de hombros. Romper los viejos vínculos no es tan fácil como usted imagina. Pues bien, la otra tarde dos de sus disolutas costumbres (como usted las llama), con mantillas en la cabeza, vinieron en un bote en compañía de una especie de pillo que aporreaba una mandolina, y dieron una serenata al barco en su honor. Todos estábamos en el camarote después de comer y la pobre señora Williams, con los ojos todavía enrojecidos de haber llorado por ustedes dos, nos dijo: «Qué dulce y melancólico suena eso». Debería haber visto al patrón haciéndome guiños con los ojos. El sudor frío le caía por el rostro. Me apresuré a subir a cubierta y necesité todos mis conocimientos de español para impedir que subieran a bordo. Tuve que jurarles por todos los santos y por mi honor de caballero que había una mujer casada. Finalmente se fueron riendo. No querían causar más problemas. Hasta ese momento sencillamente no habían querido creerse la historia. Aunque fuese un truco suyo. Pude escuchar sus carcajadas por todo el puerto. Esas son las dificultades que tenemos. Debemos proteger a esa pobre mujer de esta clase de sorpresas, aunque yo tenga que abjurar de mi alma. La he estado vigilando desde que llegamos aquí… además de preocuparme por usted, mientras había alguna esperanza.


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