La aventura

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Tenía una idea acerca de dónde encontrarle. Pero no podía ir en persona… eso era evidente. Yo tampoco deseaba que él abandonara el barco, aunque fuese sólo por un momento, ahora que Serafina estaba a bordo. Una inesperada visita de algún celoso policía subalterno, una momentánea falta de presencia de ánimo por parte del tímido despensero, era suficiente para causar nuestra ruina. Por otra parte, como me había dicho, él debía seguir vigilando a la parienta. Pero ¿a quién podía enviar? No había un solo barquero a quien recurrir. El puerto era un desierto de agua y de barcos empavesados; pero las tripulaciones de la mayoría de ellos estaban todavía en tierra… «en una habitual juerga de oraciones», como él lo expresaba con gran enfado. En cuanto a nuestra tripulación, ninguno sabía nada de español salvo unos pocos términos insultantes tal vez. Tenían el corazón en su sitio, pero en cuanto a su juicio, él no se fiaba de ninguno de ellos… no, ni a un centímetro del barco. ¿Cómo podía enviar a tierra a uno de ellos si por todas partes había bodegas abiertas y ninguno conocía el idioma lo suficiente para preguntar por el camino? Seguro que se emborracharía, se perdería, se metería en líos de alguna manera, y al final sería atrapado por la policía. El más ligero obstáculo de ese género llamaría la atención sobre el barco… y con O’Brien para extraer conclusiones… se frotó la cabeza.


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