La aventura
La aventura —Supongo que tendré que ir —gruñó—. Pero me conocen; es posible que me sigan. Pueden preguntarse por qué me apresuro a ir en busca de mi patrón. Y sin embargo presiento que ha llegado el momento. El momento preciso. De aquà a las cuatro de la madrugada de mañana tenemos la certeza casi absoluta de escaparnos con ustedes dos. Es nuestra oportunidad y la suya.
Estaba perplejo. Entonces, yo le grité, como inspirado:
—¡Iré yo!
—¡Qué diablos! —dijo él, asombrado—. ¿De verdad piensa ir?
Me abalancé sobre él con mis argumentos. Nadie me conocÃa. Mi ropa era la adecuada y estaba bastante limpia para un dÃa festivo. PodÃa pasar inadvertido entre la muchedumbre. Lo esencial era poner a Serafina fuera del alcance de O’Brien. En el peor de los casos, siempre podrÃa encontrar los medios de marcharme de Cuba. TenÃa que cuidar de la señora Williams, y por si desgraciadamente no encontraba a Williams y no lograba regresar a tiempo al barco, le ordené solemnemente que no me esperasen, sino que se fueran lo antes posible.