La aventura

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A esas razones añadí otras. Fui elocuente. De pronto me sentí como embriagado por la proximidad de la libertad y la seguridad. La sola idea de estar en alta mar con ella dentro de unas pocas horas, libre de cualquier inquietud de espíritu o de corazón, hacía que la cabeza me diese vueltas. Me parecía que me volvería loco si no me permitían ir. Todo mi ser se estremecía de impaciencia. La emoción me hizo tartamudear.

—Bueno… ¡después de todo! —masculló Sebright.

—Debo ir a advertirla —dije.

—No. No haga eso —replicó el prudente joven—. ¿Está decidido?

—Sí, lo estoy —le contesté—. Pero ella es razonable.

—No obstante —arguyó él—, la pobre chica seguramente dirá que nada por el estilo es necesario. El capitán dijo que regresaba para el té. ¿Qué podríamos responder a eso? No podemos explicar la verdadera situación del caso, y si usted persiste en ir, parecerá un terco disparate por su parte.

Abrió de par en par el escritorio ante mí.

—Escríbale. Ponga por escrito sus argumentos… lo que acaba de decirme. Es un hecho que la puerta no estará abierta más que unas pocas horas. En cuanto al resto —prosiguió él, con un suspiro de enojo—, le mentiré a la señora Williams, disimularé ante ella.


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