La aventura
La aventura Es así que, con sólo dos endebles mamparos separándonos, le escribí a Serafina mi primera carta, mientras Sebright seguía en cubierta haciendo los preparativos para enviarme a tierra. Estuvo algún tiempo fuera; lo bastante para permitirme verter en el papel mis exultantes pensamientos, mis confiadas esperanzas, mi deseo de tenerla al fin conmigo sana y salva en el mar azul. Se debe aprovechar el momento propicio, no sea que se escabulla y nunca más vuelva a presentarse, escribí yo. Le rogué que creyese que yo hacía todo lo que podía y que, movido únicamente por mi gran amor, no podía soportar la idea de que ella estuviese tan cerca de O’Brien, el gran enemigo de nuestra unión. No hay separación en el mar.
Sebright entró bruscamente.
—Venga.
El bergantín estadounidense acababa de atracar cerca de la popa del Lion y a Sebright se le ocurrió pedir a su piloto que le dejase su bote (que estaba en el agua) para desembarcar a un visitante que había a bordo. El suyo había sido izado, le explicó, y no había ningún barquero a la espera de clientes.
Su petición fue atendida. Me llevaron a tierra dos marineros estadounidenses, que no intercambiaron entre ellos ni una sola palabra y me tomaron evidentemente por un español.