La aventura
La aventura Fue una idea excelente. Al tomar prestado un bote yanqui, disimulaba mi relación con el Lion. Los silenciosos marineros me desembarcaron, como le pedí a Sebright, cerca de la batería que había en la arena, lejos de la ciudad.
Les di las gracias en español y, atravesando una parcela de tierra sin delimitar, di un gran rodeo para entrar en la ciudad desde tierra adentro para mejor ocultar mis huellas. Atravesé una especie de sórdido suburbio de chozas, cobertizos y chabolas de negros. Me crucé con muy poca gente, sobre todo viejas, cuidando a una multitud de niños de todos los colores y tamaños que jugaban en el polvo. Cantidad de perros callejeros tomaban el sol entre montones de desperdicios y no se tomaron la molestia de gruñirme al pasar. Luego llegué a una carretera y me volví para mirar la ciudad bajo un sol cegador, dentro de un círculo de vibraciones metálicas.