La aventura
La aventura Y enseguida me pareció que había retrocedido unos trescientos años. Nunca había visto nada tan antiguo; era la herencia abandonada de una raza aventurera que parecía haber echado a perder todo su poder, todo su vigor, y todo su entusiasmo, en un supremo y único esfuerzo de valor y codicia. Yo había leído la historia de la conquista española; y al mirar esos grandes muros de piedra sentí que mi corazón se conmovía con el mismo asombro y la misma melancolía. Con qué furor de heroísmo y de fe se había lanzado este pueblo sobre el opulento misterio del Nuevo Mundo. Jamás nación alguna había albergado tan cerca de su corazón semejante sueño de grandeza, de gloria y de aventura. Hubo un momento en su destino en que pudieron llegar a creer que el mismo Cielo sonreía sus matanzas.