La aventura
La aventura Avancé lentamente, atemorizado por la soledad. Habían sido conquistadores pero dejaron de serlo, y estas piedras labradas quedaban para atestiguar melancólicamente el final de sus triunfos. Construcciones macizas, muros enormes, portales de arcos ojivales, jaulas con barrotes de hierro en forma de balcones en cada ventana cuadrada. Y ni un alma a la vista, ni una cabeza asomando por esas viviendas, esas guaridas de hombres, esos antiguos domicilios de odio, de despreciables rivalidades, de ambiciones… esos viejos nidos de amor, esos testigos de una gran aventura actualmente acabada y desaparecida en el horizonte. Parecían devolverme lastimeramente mis miradas de asombro; parecían mirarme y decir: «¿Qué hace usted aquí? Hemos visto a otros hombres, hemos escuchado otros pasos». La paz del claustro se cernía sobre esos viejos bloques de mampostería, manchados de regueros verdes de musgo, infiltrados de sombras.