La aventura
La aventura —De la ciudad de Rio Medio, Excelencia.
—¿Cuál es su profesión?
—Excelencia… tengo unas pocas cabras…
—¿Por qué se encuentra aqu�
—Mi hija, Excelencia, está casada con Pepe el de la posada de la calle…
—SÃ, sà —dijo el juez en un tono de impaciencia nada optimista.
Las manos sucias del lugareño arrugaban nerviosamente el ala de su flácido sombrero.
—¿Presenta usted una demanda contra el señor aquà presente?
El pasante apuntó hacia mà el extremo de su pluma.
—¿Yo? ¡Dios me libre, Excelencia! —dijo el lugareño con voz quejumbrosa—. El alguacil del Tribunal de lo Penal me ordenó que estuviese atento…
—¿Presenta entonces una denuncia? —dijo el juez.
—Puede que sea una denuncia, Excelencia —respondió el lugareño—, pues concierne al señor aquà presente.
El alguacil del Tribunal de lo Penal le habÃa dicho, lo mismo que a muchos otros hombres de RÃo Medio, que me vigilase, «teniendo en cuenta indudablemente lo que habÃa sucedido en RÃo Medio, como todo el mundo sabÃa».