La aventura
La aventura Yo pensaba que, en cualquier caso, si podÃa ganar un dÃa o dos, el Lion se habrÃa ido; ellos no podÃan tocarlo mientras el buque insignia permaneciese cerca del puerto. Por supuesto, yo no querÃa ser entregado al almirante; podÃa explicar el error en mi identificación. Pero estaba además la acusación de traición en Jamaica.
—Sólo pido —le dije— ser entregado; pero no se atreva a hacerlo usted, por su propia reputación. Le puedo desenmascarar.
—¡Que quede bien claro! —dijo él—. Si el almirante le agarra, le ahorcará. Regresa a su paÃs deshonrado. Su torpe gobierno procederá a ahorcarle.
—Ellos saben muy bien —respondà yo— que en La Habana pasan cosas extrañas. Le prometo a usted que las aclararé. Sé demasiado…
—DÃgame únicamente —dijo él en un súbito e intenso tono apasionado— dónde está enterrada y le dejaré marcharse en libertad. Usted no puede, no se atreve, con lo cobarde que es, a irse del lugar donde ella murió… sin… sin estar seguro.
—Entonces, registre todas las tumbas recientes de esta isla —le dije—. No le diré a usted nada… ¡Nada en absoluto!