La aventura
La aventura Al mismo tiempo, aparte la pura alegría pasajera de atormentar a un hombre en quien yo no podía evitar ver a un verdadero demonio, tenía motivos más que suficientes para tener miedo. Había sufrido demasiado; necesitaba descanso, el amor de una mujer, una demora. Y he aquí una nueva madeja interminable… interminable. Si todo esto no acababa con una puñalada en la espalda, él podría retenerme en La Habana durante años; o podría enviarme a Inglaterra, donde me llevaría meses, un tiempo infinito, demostrar simplemente que yo no era Nikola el Escocés. Lo demostraría; pero mientras tanto, ¿qué sería de Serafina? ¿Me seguiría a Inglaterra? ¿Sabría ella siquiera que yo me había ido allí? ¿O pensaría que yo había muerto y también ella moriría? O’Brien no sabía nada; sus espías sólo podían proporcionarle centenares de incertidumbres. Ahora estaba rígidamente inmóvil, como si temiese moverse por miedo a derrumbarse. De pronto dijo:
—Usted vino en algún barco; no puede engañarme, los registraré todos de nuevo.
—Registre, maldita sea —dije yo desesperadamente—, todos los barcos que quiera.