La aventura
La aventura —Es usted un canalla inglés, insensible y despiadado —gritó de pronto. La pérdida del dominio de sà mismo le habÃa llevado a la locura—. Usted la ha asesinado. No le importa nada; viene usted de no se sabe dónde. Es usted un pobre tonto, demasiado estúpido para ser un aventurero. Un miserable memo que ha actuado como un ciego dejando tras de sà una ruina peor que el infierno. ¿Qué ha hecho usted de provecho? ¿Qué podÃa hacer? ¿Qué se imaginaba? ¿Qué esperaba?… ¿Dolor? ¿Ruina? ¿Muerte? Estoy familiarizado con todo eso. Lo llevamos en la sangre, forma parte de nuestro carácter, está en nuestras entrañas, en la leche de nuestras madres. Su maldito pueblo siempre ha ocasionado eso a nuestro querido y afligido paÃs… Devastación, ruina, expolio. ¿Para qué?… DÃgame para qué. DÃgamelo. ¿Qué ganaron ustedes con eso? ¡La maldición eterna!… Ay, ustedes no tienen alma.
Gritó muy alto, como para mitigar su cólera, originando su voz un eco insospechado, inquietante.
—¡Guardias! ¡Soldados! ¡Será usted fusilado inmediatamente!
Iba a cortar el nudo de esa forma. Dos soldados empujaron la puerta silenciosamente con sus mosquetes por delante. O’Brien no les hizo caso y ellos guardaron una actitud de estupidez militar, sin perderle de vista.
—¡No, no! —murmuró—. ¡TodavÃa no!