La aventura
La aventura En el interior había un patio con gravilla, rodeado de siniestros edificios de color albayalde con ventanas negros. Por debajo de la línea de ventanas de cada edificio corría una vasta galería abovedada, enrejada con barrotes de hierro, exactamente como una jaula de fieras. Como era de día, las fieras habían salido de la jaula y vagaban por el patio. Daban la impresión de estar completamente tranquilas, como si fuesen damas y caballeros paseándose en domingo por una avenida. Una veintena de ellos tal vez, con camisas blancas como la nieve y calzones de terciopelo negro, se pavoneaban como una bandada de palomas, algunos llevando una mujer del brazo, otros con dos. Varios bultos andrajosos estaban apilados contra la pared, como si fuesen basuras. De hecho eran la hez de la cárcel de La Habana. Los hombres de blanco y negro eran los grandes ladrones… y había también niños… aquel lugar era el orfanato de la ciudad. Durante una décima de segundo mi llegada les dio lo mismo. Luego, al otro extremo, uno de los hombres de blanco y negro se apartó del grupo y vino rápidamente hacia mí atravesando el soleado patio. Los demás le siguieron lentamente, andando como pavos reales, con sus mujeres colgadas del brazo y murmurando. Los bultos andrajosos se lanzaron hacia mí; otros salieron furtivamente de las jaulas. El hombre que se aproximaba tenía la cabeza de un Julio César de cincuenta años; exactamente como si hubiese robado un busto y le hubiese dotado de piel amarilla, barba incipiente y cabello plateado. Me saludó con enorme solemnidad y una mirada imperial en sus ojos amarillos a lo largo de su nariz ganchuda. Su ropa era de una tela impecable, bordada y repujada; de la banda carmesí que ceñía su cintura sobresalía el pomo de piel de zapa y plata de una larga daga.