La aventura

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—Señor —dijo—, tengo el honor de saludarle. Soy Crisóstomo García. Hágame el favor de entregarme sus pantalones.

No le contesté. No sabía por qué quería mis pantalones, que de ninguna manera eran tan valiosos como los suyos. Los demás me rodearon como un sólido muro. Me recliné contra la puerta; no estaba asustado pero sí extremadamente excitado. El hombre que se parecía a César me miró con fiereza y meneó sus caderas, reculando un poco y haciendo señas imperiosas a la muchedumbre para que retrocediera.

—Señor inglesito —dijo—, el presente que tengo el honor de solicitarle es el precio por mi protección. Sin ella, estos hermanos míos le arrancarían miembro tras miembro hasta que no quedase nada de usted.

Sus hermanos lanzaron un sigiloso y siniestro gruñido que dio la vuelta entre sus cabezas como el murmullo de un eco grosero enviado de cima en cima. Me preguntaba si no sería, por casualidad, el hombre que, según O’Brien, me pondría un cuchillo en la espalda. Yo no tenía cuchillo; aunque de un puñetazo podía hacerle tragarse los dientes.

Con su inmenso sombrero, el rostro de color rojo sangre y largos y descuidados cabellos plateados, el alcaide salió por la puerta pequeña. Tenía las facciones descompuestas por la indignación. Había estado cuchicheando con el guardia civil.


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