La aventura

La aventura

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—¿Están ustedes locos, caballeros? —dijo—. ¿Desean visitar el infierno antes de tiempo? ¿Saben quién es este señor? ¿Nunca oyeron hablar de Carlos el Demonio? ¡Este es el inglesito de Río Medio!

Era evidente que mis hazañas, contadas por los espías de O’Brien, por los lugareños y por toda clase de crédulos chismosos, me habían proporcionado una reputación de mil demonios en el patio de la cárcel. Algunos hombres se separaron de la muchedumbre y fueron corriendo a anunciar mi llegada. La imponente figura del alcaide pasó al interior del patio y se volvió para cerrar la puertecita con una llave enorme. Se produjeron todo tipo de movimientos en la muchedumbre. Las mujeres se santiguaron y cada una me mostró sigilosamente un par de dedos doblados, flacos, morenos, con uñas negras. El hombre que se parecía a César dijo:

—Le pido perdón, señor caballero. No lo sabía. ¿Cómo le diría? En este país usted es libre en todos los patios.

El espigado alcaide acabó de hacer chirriar la enorme llave en la cerradura y me tocó en el brazo.

—Si el señor quiere seguirme —dijo—, le haré los honores de esta humilde mansión y le indicaré una serie de salas donde se librará de las visitas de esta gente.


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