La aventura

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Subimos unas escaleras y atravesamos largos corredores oscuros donde de vez en cuando aparecía una silueta oscura, como un venado entrevisto vagamente entre los claros de un bosque. El alcaide abrió una puerta de par en par.

La habitación era como una resplandeciente caja oblonga, llena de luz, pero sin ventanas ni chimenea. Dos hombres practicaban esgrima iluminados por unas veinte velas puestas sobre pellas de arcilla alrededor de las paredes blancas manchadas de humedad. De una mesa cincelada, negra, situada en el rincón más alejado, venía un resplandor plateado, como si se tratase del altar de una iglesia suntuosa. Los dos hombres en mangas de camisa y calzones cortos giraron el uno en torno del otro, haciendo chocar sus floretes, el brazo izquierdo cubierto por una banda, sosteniendo una daga con un botón en la punta. El alcaide proclamó:

—Don Vicente Salazar, tengo el honor de presentarle a un señor inglés.

El hombre que yo tenía enfrente arrojó su florete a un rincón con impaciencia. Era un cubano regordete, de tez oscura y una agresividad inquietante. El otro se dio la vuelta rápidamente. A la luz de las velas, sus mejillas brillaban como si fueran de cuero amarillo pulido; tenía los ojos rasgados y el rostro lúgubre. Me examinó con atención y luego me dijo con voz cansina:


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