La aventura
La aventura Me hicieron descender, a través de las brumas grises, hasta la orilla del mar. Dos soldados me sujetaban los brazos; la sangre de O’Brien que salpicaba mi cara y mi vestido se estaba secando. Me había convertido, aun a mis propios ojos, en un miserable objeto. En el fangoso embarcadero, un hombre grueso de baja estatura hacía preguntas entre las negras. Al verme abrió los ojos asombrado. Era Williams… por tanto, el Lion todavía no había zarpado. Si me hablara o presentase alguna prueba de su relación con Serafina, los españoles comprenderían. Desde luego se la quitarían; puede que la encerrasen en un convento. Y ahora que yo me veía obligado irrevocablemente a regresar a Inglaterra, ella debía venir también. El hombre se abría paso a codazos hacia mis guardias.
—¡Silencio! —grité yo, sin mirarle—. Váyase, zarpe… Cuénteselo a Sebright…