La aventura
La aventura Mis guardias parecieron creer que me había vuelto loco; me pusieron las manos encima. No me resistí y descendimos hacia el embarcadero, dejando de lado a Williams. Éste quedó preocupado, siguiéndome con la mirada; luego le vi hacer preguntas a un guardia civil. Un barco de guerra, la enseña flotando al viento sobre un mar cristalino, los sombreros lustrosos de los marineros balanceándose con precisión, volaba hacia nosotros. ¡Ahí estaba Inglaterra! ¡Ahí estaba mi patria! Todavía tenía que probar mi inocencia, hacer todo lo posible para escapar del cadalso. Ojalá Williams comprendiese, ojalá no cometiese ninguna insensatez. No podía volver a verlo; a nuestro alrededor los mosquetes de los soldados mantenían a distancia a la muchedumbre parlanchína. Mi única posibilidad dependía de la inteligencia de Sebright. Sólo él podía impedir que Williams cometiese una tontería. El comandante de la guardia dijo al alférez de navío del buque insignia, que acababa de desembarcar, acompañado por el oficial de personal:
—Tengo el honor de entregar a su Señoría el prisionero prometido a su Excelencia el almirante inglés. Aquí están los papeles que revelarán sus crímenes a la justicia. Sírvase darme un recibo.