La aventura
La aventura Un escribano andrajoso de la prisión se adelantó cabizbajo con un tintero, esgrimiendo una pluma de oca mojada en tinta. Un guardia civil ofreció su espalda. El alférez de navío firmó un papel apresuradamente, luego me miró con dureza y dio la orden:
—Oficial de personal, espose una de las manos del prisionero a su propia muñeca. Ese individuo es capaz de cualquier cosa.