La aventura
La aventura LA primera palabra amable que me dirigieron después de aquellos acontecimientos me vino varios meses más tarde de mi llavero en Newgate. Me dio la bienvenida cuando volví de mi interrogatorio ante el magistrado de Thames Court. El magistrado, un hombre de mal genio, con los ojos inyectados en sangre, olor a rapé, y todo el aspecto de formar parte del mobiliario usado y sucio del tribunal, me había regañado cuando intenté hablar.
—Guarde sus mentiras para la sesión del Almirantazgo. Ojalá tuviese tiempo de encerrarlo. Malditos españoles, ya podían haber traducido sus propios papeles —acababa de firmar algo con una pluma chirriante, lo arrojó a su pasante y gruñó—… Caso siguiente.
Yo había regresado a Newgate.
El llavero, un patizambo con aspecto de tabernero, con una nariz bulbosa llena de venas de color púrpura y ojos llorosos, salió de la caseta de guardia, mientras la enorme puerta de la cárcel se cerró tras de mí, produciendo un sonido hueco.
—Si se apresura —dijo—, verá un poco de agitación… Le sentará bien. Condenado sermón. Están predicando ahora en la capilla; están los oficiales de justicia y todo el mundo. Mañana van a ahorcar… a tres individuos. Rápido, muévase.