La aventura
La aventura Me arrastró por el desierto adoquinado cubierto de musgo del gran patio solitario hasta un lugar cuadrado, de techo elevado y paredes encaladas. Desde las inmediaciones se podÃa captar ya un murmullo de voces. Allà podÃan haber unas trescientas personas, encajonados en bancos de iglesia, con un llavero en cada extremo. Unos enormes escudos de armas del Rey, salpicados de dorados rojos y azules, se extendÃan por encima de un púlpito de dos gradas que parecÃa el tronco de un árbol grande. El llavero me quitó el sombrero y de un codazo me metió en un estrado junto a la puerta.
—ArrodÃllese —me susurró con voz ronca.
Me arrodillé. Un hombre con una peluca nueva murmuraba unas palabras, agitando las manos de vez en cuando desde la parte superior del elevado púlpito. Debajo de él, un hombre más pequeño con una peluca vieja dormitaba, con la cabeza inclinada hacia delante. El lugar estaba sucio y mal iluminado por unas mugrientas ventanas altas, de gruesos barrotes. Un par de velas parpadeaban a mano derecha del predicador.
—Los que surcan los mares en sus barcos, mis pobres hermanos —murmuró—, y yacen en la sombra…