La aventura
La aventura Sacudió la cabeza astutamente y no respondió. Si el Lion hubiese llegado, deberÃa haberlo oÃdo. No podÃan dejarme allÃ.
—Por el amor de Dios —dije—, averÃgüelo. Procúrese un boletÃn de embarques.
Fingió no oÃrme.
—Tengo dinero en abundancia —dije.
Me guiñó el ojo laboriosamente y volvió a empezar.
—Oh, le colgarán de todos modos. Un hombre con nada en contra tiene una posibilidad; con la pasta que tiene, aunque sea culpable. Pero a usted le colgarán. Charlie, que acaba de traerle de nuevo, habló con el escribano del maldito pasante del fiscal del Tribunal Supremo, mientras el pobre simplón de Bow Street trataba de leer su español. Le dijo que era un asunto del gobierno. Quieren ahorcarle, y para eso tienen que ir a decirle a los marineros españoles: «Era un pez gordo, un verdadero pez gordo». (¿Acaso no eso es cierto? Tiene usted un tÃo conde y otro deán, si es verdad lo que dicen). «Era un verdadero pez gordo y lo hemos ahorcado. Vosotros habrÃais hecho lo mismo». Necesitan un ejemplo llamativo para mantener en calma el comercio con las Indias Occidentales…
Se enjugó la frente y puso mi jarra de tierra roja para el agua sobre la sucia mesa de pino que habÃa bajo la ventana, como un anfitrión ante su huésped.