La aventura

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—Comprenda —dijo—, yo no soy egoísta. Para un caballero corriente, de la calle o lo que usted quiera, no lo soy, a menos que sea necesario. Para mí una carta vale igual que otra. Pero para usted… ni hablar. No es que le tenga manía. Haré todo lo que pueda para que esté usted cómodo, tanto ahora como en el futuro. Pero cuando me pasaron la consigna, tuve en cuenta mi pellejo. Cualquier otro haría lo mismo. Usted no ve a nadie, ni nadie le ve, y sus parientes de alcurnia no dirán ni palabra. Hasta el juicio del Almirantazgo. Charlie dice que eso es anticonstitucional, que debería ver usted a su abogado, si es que lo tiene, o si su padre tiene alguno. «Pero, Señor, le dije yo, si lo quieren, Charlie, lo tendrán. Aquí no es posible un babeas corpus que pueda brindarle alguna oportunidad. Esto es el Almirantazgo. Y desde hace treinta años no han juzgado a ningún hombre por piratería. Hay que ver el alarde de que hicieron gala. ¿Qué saben esos malditos radicales de cómo ocuparse del procedimiento? ¿Quién va a poner eso en tela de juicio? Márchate», le dije a Charlie. Y eso es lo correcto.

Fue hacia la puerta y luego regresó.




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