La aventura

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—Usted debería estar en el patio comunal de Marshalsea; incluso yo sé eso. Pero han hecho la vista gorda. «Está demasiado lleno», dicen. Condenadamente lleno. Conocí una época, después de la quiebra de Vansdell, en que encontraron sitio para más de trescientos deudores faltos de previsión, además de los que establecía la ley. ¡Demasiado lleno! ¡Su patio comunal! No quieren dejarle hablar con nadie y no lo hará usted hasta dentro de una semana, cuando la sesión del Almirantazgo esté en pleno apogeo —salió y cerró la puerta, resoplando—. ¡Marshalsea está demasiado llena!… ¡Váyase!

—Averigüe dónde está el Lion —le grité cuando la puerta se cerraba.

Ese discurso me aclaró las cosas. Comprendí que querían ahorcarme y desde aquel preciso instante me negué desesperadamente a dejarme colgar. Antes no me había preocupado demasiado, estaba —digámoslo así— abatido. Realmente no me lo había creído, no me había dado cuenta. No es fácil imaginarse que le van a ahorcar a uno, ni siquiera, creo, con la cuerda al cuello. Yo no había sentido hasta entonces muchas ganas de vivir, pero ahora quería luchar… antes de sucumbir de una vez para siempre, condenado o absuelto. No me quedaba ya nada por lo que vivir, pues Serafina podía no estar viva. El Lion debía de haberse hundido.


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