La aventura
La aventura Pero por eso pensaba luchar; maldita sea, iba a crearles problemas. «Ellos» no eran tanto el gobierno que quería ahorcarme cuanto los poderes invisibles que toleran tal estado de cosas, que permiten tantas mezquindades, accidentes, fatalidades, para ahorcarme. Empezó a preocuparme el llavero. No me prestó ayuda, únicamente me proporcionó una información fraccionaria que me hizo ver más claramente que nunca que «ellos» estaban dispuestos a sacrificarme a sus exigencias.
Todo el comercio de Londres con las Indias Occidentales estaba alborotado por la cuestión pirata y la esclavitud. Jamaica reclamaba todavía la separación antes de que surgieran las quejas premonitorias de la abolición. Veía Horton Pen de nuevo ante mí con asombrosa nitidez. Me parecía estar oyendo al viejo Macdonald, de ojos zarcos y pelo rubio rojizo, delante de su periódico, agitando la masa enorme de su ropa blanca que tan mal le ajustaba, y bramando con su voz bovina:
—¡Abolición! Nos conceden la abolición… o nos la hacen tragar. Ellos, que ni siquiera tienen el valor de librarnos de los malditos piratas, ni de atrapar a uno de ellos y ahorcarlo… Jack, amigo mío, nosotros los aboliremos a ellos antes de que toquen a nuestros negros… Que limpien nuestros mares, que ahorquen a algún pirata, y ya hablaremos…