La aventura
La aventura —¿Ha visto al Rey? —le dije.
Su rostro se ensombreció.
—No le he visto. Pero he encontrado a uno de los secretarios del duque, un simpático joven… no como éramos nosotros. Y el duque ha sido lo bastante amable como para interesarse personalmente. Tal vez mi nombre perdura en el paÃs. Me llamaban «CarrocÃn». Kemp, como es posible que te haya contado, porque conducÃa un carrocÃn bermellón con ruedas verde y oro…
Su rostro, que me miraba a través de los barrotes, se sonrojó momentáneamente a causa del orgullo. Luego recordó de pronto y, como para aplacar sus propios reproches, continuó:
—Vi al secretario de Estado y éste me aseguró, muy cortésmente, que ni la mayor personalidad del paÃs —bajó la voz—… Jackie, muchacho —dijo, mirándome desagradablemente con sus ojos sin apenas párpados—, no hay ni la más mÃnima esperanza de indulto.
Apoyé la cabeza contra las barras de hierro. Después de todo, ¿para qué luchar, si el Lion no habÃa regresado?
Luego, súbitamente, mientras el ruido de sus palabras resonaba por los oscuros corredores desiertos, él pareció darse cuenta de todo el horror de la situación. Su rostro palideció por completo; mantuvo la cabeza erguida como si escuchara un ruido lejano. Y después empezó a llorar… terriblemente y durante un buen rato.