La aventura
La aventura Tuve que consolarlo. Había inclinado la cabeza, convencido de su irremediable impotencia; a lo largo de toda su vida, su debilidad por los placeres perfectamente inocentes, perfectamente banales, lo había convertido en un inútil, y ahora que su único hijo estaba en un apuro, no podía hacer nada en absoluto.
—¡No, no señor! Ha hecho usted todo lo que ha podido; no es posible derribar estos muros. Nadie más podría socorrerme.
Débiles sollozos de desesperación le estremecían sin cesar. Sus delgados y delicados dedos blancos se agarraron convulsivamente a la reja negra como si fuese un ser sin fuerza alguna. Nunca había visto ni sentido nada tan angustioso. El simple deseo, el intenso deseo de consolarle, me hizo recuperar el control de mí mismo. Y recordé que, ahora que podía comunicarme con el exterior, todo era más fácil; él me salvaría la vida.
—Sólo tiene usted que ir a Clapham, señor —dije yo.