La aventura
La aventura Y tan pronto como estuve en condiciones de mandarle, de dirigirlo, de decirle lo que tenÃa que hacer, se convirtió en otro hombre. Levantó los ojos y escuchó. Le dije que fuese a ver al mayor Cowper. No serÃa difÃcil encontrarlo en Clapham. Cowper, recordé, podÃa atestiguar que yo habÃa sido secuestrado por Tomás Castro. Me habÃa visto pelear en cubierta. Y lo que es más, desde luego conocÃa las direcciones de los plantadores de Kingston, si es que alguno estaba en Londres. Ellos podrÃan atestiguar que yo habÃa estado en Jamaica todo el tiempo que Nikola el Escocés estuvo en RÃo Medio. SabÃa que algunos de ellos estaban en Londres. Mi padre se impacientaba por irse. TenÃa trazada su lÃnea de acción y la voluntad para llevarla a cabo. No era ya el mismo hombre. Pero le recomendé especialmente que ante todo me enviase un abogado.
—¡SÃ, sÃ! —dijo él, impaciente por irse—. Voy a ver al mayor Cowper. Déjame escribir su dirección.
—Y un abogado —dije yo—. EnvÃemelo cuando se vaya de aquÃ.
—SÃ, sà —dijo él—, podré serle útil al abogado. Por regla general, no son personas muy perspicaces.
Y se marchó apresuradamente.
* * *