La aventura

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Fue entonces cuando empezó la verdadera tortura, la angustia de la incertidumbre. Al tratar de redactar algunas notas para mi discurso del día siguiente al jurado, mis nervios se calmaron. Eso había sido idea del llavero.

—Dese golpes de pecho —dijo—, apele al honor de un ciudadano británico y exagere un poco.

No sirvió de mucho; no podía mantener una sucesión de ideas que fuese lógica y mi mente divagaba acerca de lo que mi padre me había dicho. Me lo imaginaba con su nueva levita azul, corriendo nervioso por las atestadas calles, con los faldones al vuelo por detrás de sus piernas delgadas. Las horas se sucedían y era sólo cuestión de minutos. Tuve que sostenerme en el borde de la mesa para evitar ponerme furioso dando vueltas a la celda. Traté de enfrascarme de nuevo en el esquema de mi defensa. Me preguntaba a quién habría encontrado mi padre. Había un hombre llamado Cary que acababa de regresar de Kingston. Era calvo y tenía los ojos azules; debía acordarse de mí. ¡Si quisiera corroborar mis argumentos! Y el abogado, cuando viniera, podría adoptar otra estrategia de defensa. El crepúsculo comenzó a caer poco a poco a través de los barrotes de los tragaluces.


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