La aventura
La aventura La noche entera pasó sin noticias de mi padre. Todo el tiempo estuve yendo y viniendo por la celda, preparando discursos para el jurado. Por fin apuntó el día y me calmé, presa de una especie de energía frenética.
El carcelero entró muy temprano y empezó a alborotar mi celda.
—Su caso será discutido alrededor de la una —dijo—. El gran jurado se reunirá a las doce y media. Pierda cuidado, no devolverán el acta de acusación. El gran jurado lo forman cinco comerciantes de las Indias Occidentales, y tienen intención de condenarle. Tiene usted en su contra al fiscal general, al procurador general, a sir Robert Mead y a cinco miembros más jóvenes… Siga mi consejo. Abandónese a la merced del tribunal y haga un discurso conmovedor, sin dejar de mencionar a la joven. No es que vayan a compadecerse. Los jueces del Almirantazgo son todos partidarios de la horca. Como decimos: «Cuando izan el ancla en Oíd Bailey, no queda ya ninguna esperanza. Empezamos a vaciar la celda del condenado. Cuando es un caso del Almirantazgo, se eleva el ancla por encima de sus cabezas».
Le escuché con forzada atención. Decidí no perderme ni una sola de las palabras pronunciadas aquel día. Era mi única oportunidad.
—¿No conoce usted a nadie en Jamaica? —le pregunté.