La aventura
La aventura Meneó su cabeza en forma de bala y golpeó ligeramente su nariz púrpura.
—No puedo hacer eso —dijo—. Con una guinea por cabeza se puede conseguir una coartada corriente, pero en este caso nadie querrá. Tienen un cuello que proteger, como usted y como yo.
Mientras hablaba, de pronto caà en la cuenta del mundo exterior en su conjunto, hasta donde me afectaba… eso fue lo que yo querÃa decirle a la gran ciudad que se extendÃa a mi alrededor, el mundo en cuyo centro estaba mi celda. Para la gran masa, yo no era más que un caso sensacionalista; para ellos yo podÃa resultar beneficioso en este asunto. HabÃa otros, quizá, que pensaban que yo podÃa ser útil de una forma u otra. Estaban los ministros de la Corona, a quienes no les importaba si Jamaica se separaba o no. Pero querÃan ahorcarme porque asà podrÃan decir desdeñosamente a los plantadores: «Sepárense si quieren, nosotros cumplimos con nuestro deber, hemos ahorcado a un hombre».
Todas aquellas personas tenÃan los ojos fijos en mà y eran prácticamente los únicos que conocÃan mi existencia. ¡Era el final de mi aventura! ¡Aventura! Los vendedores de periódicos se enterarÃan más tarde mediante la «Confesión de un moribundo».