La aventura
La aventura Eso era, en efecto, lo que el mayor Cowper habÃa dicho… que yo me habÃa lanzado de improviso sobre su barco cerca del promontorio de Port Royal y que después me fui con los piratas que le habÃan robado los anillos a su esposa. En su indignación, mi padre ni siquiera se dignó preguntarle la dirección en Londres de los plantadores de Jamaica; y al volver para buscar un abogado, habÃa entrado en contacto con aquellos camorristas callejeros y el vigilante nocturno. Acababa de dejar a los magistrados.
Un hombre tuerto asomó la cabeza de repente por detrás de la puerta donde se reunÃa el gran jurado. Sacudió la cabeza en mi dirección.
—Acta de acusación contra éste de aquà —dijo, y luego volvió a esconder la cabeza.
—Jackie, muchacho —dijo mi padre, poniéndome su delgada mano en la muñeca y mirándome a los ojos en tono de súplica—, soy yo… soy yo… No puedo decirte cómo…
—No importa, padre —dije yo.
Tuve el presentimiento de que mi pasado iba a reaparecer para abrumarme. Cowper habÃa dejado que su esposa le coaccionase a levantar un falso testimonio que iba a costarme la vida. Recordé vÃvidamente sus gimoteantes protestas de amistad cuando persuadà a Tomás Castro a que le devolviese su cofre portadocumentos negro con asa de latón, en la cubierta llena de basura.