La aventura
La aventura Y mi padre entró en la sala como una bestia acorralada. Empezó a contar una historia interminable acerca de un cochero de simón que había permanecido de pie delante de la puerta de su coche para impedir que tomaran su número; de una panda de desvergonzados bribones que le habían arrollado y robado la bolsa.
—Por supuesto, peleé para evitar el robo —dijo—. Una buena pelea, después de todo. Lo llevo en la sangre. Pero llegó el vigilante nocturno y, en suma, en ocasiones como ésa no hay tiempo para discursos, pasé la noche en el cuerpo de guardia. Allí pasé bastantes noches con lord… Pero estoy perdiendo el tiempo.
—Usted no está preparado para pasear solo por las calles de Londres, señor —dijo el llavero.
Mi padre le miró por el rabillo del ojo.
—Buen hombre —dijo—, he recorrido esas calles con los más eminentes personajes del país antes de que su madre le diese a luz en Bridewell, o cualquiera que sea la cárcel.
—Oh, no tenía intención de ofenderle —murmuró el llavero.
—¿Encontró usted a Cowper, señor? —dije yo—. ¿Va a declarar?
—Jackie —dijo él, nervioso, como si tuviera miedo de ofenderme—, él me ha dicho que le habías robado los anillos a su esposa.