La aventura
La aventura Franqueando la puerta pasé directamente al banquillo de los acusados; delante de él había una fila de barrotes. Yo no tenía miedo; tres hombres con enormes pelucas y vestimentas de armiño estaban enfrente de mí; otros cuatro con pelucas más pequeñas tenían sus cabezas muy juntas, como papagayos, sobre una rama. Un hombre gordo, con la cabeza descubierta y una cadena de oro alrededor del cuello, se deslizó desde atrás hasta ocupar un asiento junto al juez de mayor rango. No dejaba de limpiarse la boca y de masticar con su mandíbula. A cada lado de los jueces, más allá de los asesores de pelucas más pequeñas, había sillas ocupadas por damas y caballeros. Todos tenían puestos los ojos en mí. Lo veía todo con perfecta claridad. Iba a tener los ojos bien abiertos, a observarlo todo, al no dejar escapar la menor ocasión. Me preguntaba por qué una chica joven de ojos azules y carrillos rosados se reía con disimulo y se encogía de hombros. No comprendía qué era lo que le divertía. Lo que me asombraba era la insignificancia, la mugre, la falta de solemnidad de la propia sala. Supuse que sería por error el que estuviesen juzgando allí un caso de la importancia del mío. Pronto advertí un gran ancla dorada encima de las cabezas de los jueces. Me preguntaba por qué estaría allí hasta que recordé que se trataba de un tribunal del Almirantazgo. De repente pensé: «¡Ah, ojalá se me hubiera ocurrido decirle a mi padre que fuese a ver si el Lion había llegado esta noche!».