La aventura

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Un hombre gritó una serie de nombres: «Peter Plimley, gentilhombre, ninguna recusación… Lazarus Cohén, comerciante, ninguna recusación…».

A mi lado, el llavero apoyó la espalda contra los barrotes. Hablaba con el hombre que nos había llamado.

—Lazarus Cohén, comerciante de las Indias Occidentales… Señor, debo recusarlo.

—¡Chisss! —dijo el otro hombre.

—Su anciano papá me dio cinco monedas de oro para apoyarle en el caso, si fuese necesario —dijo de nuevo el llavero.

No entendí lo que quiso decir hasta que vi a un viejo con toga muy harapienta entregando un libro a una fila de personas en una tribuna tan próxima a mí que casi podía tocarla. Entonces comprendí que el llavero me había guiñado el ojo con el objeto de que recusase al jurado. Me dirigí en voz alta al juez de mayor rango.

—Recuso a este jurado. No es imparcial. La mitad de ellos son comerciantes de las Indias Occidentales.

Un murmullo recorrió todo el tribunal. Entonces me di cuenta de que lo que había tomado hasta entonces por un vago montón de telas eran seres humanos que me miraban fijamente. El juez al que me había dirigido abrió un par de ojos sin brillo, juntó y separó sus viejas manos, resecas, arrugadas. El juez que estaba a su derecha gritó enojado:


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