La aventura
La aventura El juez más viejo dijo airadamente:
—Silencio, o tendrá que irse.
—Lucho por mi vida —dije yo.
Una especie de cuchicheo recorrió todo el tribunal.
—SÃ, sà —dijo lord Stowell—. Y ahora, señor abogado del Rey, supongo que el señor Alfonso Jervis va a exponer en su nombre los cargos de la acusación.
Una peluca polvorienta surgió justo por encima de mi mano izquierda, casi al nivel del banquillo de los acusados.
El juez más viejo cerró los ojos, como si fuese a emprender un largo viaje en una silla de posta. El señor Barón Garrow hundió su pluma en un invisible tintero y garabateó en su escritorio. Bajo su peluca, una voz hipocondrÃaca empezó a susurrar monótonamente una larga historia, un interminable fárrago de sombrÃos disparates; una larga narración sobre la piraterÃa en general: la piraterÃa en tiempos de los griegos, la piraterÃa en tiempos de Guillermo el Conquistador… pirata nequissima Eustachio; dando gracias a Dios de que no se hubiese presentado en este tribunal ningún caso de esa naturaleza durante un largo perÃodo de tiempo.