La aventura

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Debajo de mí había una serie de pelucas, y a cada lado se apiñaba una masa compacta de humanidad, tan apretados que todas las pupilas parecían salir de las cabezas en dirección a mí. De la peluca que tenía inmediatamente debajo me llegaba la traducción de las frases floridas de los documentos españoles.

—Su Muy Católica Majestad, dado su gran amor por su antigua amiga y aliada, su Majestad Británica, entregó el cuerpo del famoso El Demonio, llamado también…

Empecé a preguntarme quién habría elaborado aquel inapreciable documento; si fue el juez de primera instancia, agachado sobre el papel su rostro amarillento y sus ojos endrinos, allá en La Habana… o si fue O’Brien, que lo escribió antes de morir.

Mientras tanto, el abogado seguía con su monótono zumbido. Yo no le escuchaba porque ya había oído antes todo eso… en la sala del juez de primera instancia de La Habana. De pronto, a espaldas de la gente bien nacida que se alineaba en el banco, apareció el rostro pálido y delgado de mi padre. Me pregunté cuál de sus grandes amigos le habría procurado el asiento. Me hizo una seña con la cabeza y sonrió débilmente. Le devolví la seña y sonreí también. Ahora les demostraría que no estaba acobardado. La voz del abogado dijo:


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