La aventura

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Sus modales fríos, indiferentes, me abrumaron como la rociada de una ola enorme; eso probaba terminantemente que yo había perdido mi apariencia de joven. Era algo a añadir al inmenso yermo de agua que me separaba de Serafina; un inmenso yermo de tiempo. No hice muchas preguntas al siguiente testigo; Sadler me había asustado. Septimus Hearn, el patrón del Victoria, era un hombre con los ojos tan azules y tan fríos como bolas de cristal, barba de chivo de color gris metálico, mejillas coloradas como una manzana y pendientes de oro en las orejas. Tenía una voz extraordinariamente lúgubre y unos modales de una melancolía retrospectiva. Este patrón de mercante era un tipo parecido al capitán Lumsden; y de nuevo fue la misma historia, con algunos detalles diferentes, los mismos ojos azules y penetrantes mirando a lo lejos por encima de mi cabeza, las mismas manos nudosas retorciendo nerviosamente el ala de su sombrero.

—Más tarde el prisionero ordenó al despensero que nos diese un trago de coñac. Me ofrecieron una copa, pero rehusé beber, y él me dijo: «¿Quién es el que rehúsa beber una copa de coñac?». Me preguntó de qué país era y si era estadounidense…




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