La aventura

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Fue bastante horrible; pero lo que más me angustiaba era que no podía imaginarme qué impresión estaba dando de mí mismo. En una ocasión se despertó el juez que por lo general estaba dormido y empezó a garabatear furiosamente con su pluma; en otra, tres de los asesores —los que llevaban pelucas más pequeñas— empezaron a conversar animadamente; un hombre de rostro delgado, moreno, reía sin hacer ruido, enseñando los dientes como una cascada blanca. Un miembro del tribunal que estaba a mi izquierda tenía bajo el mentón una enorme papera de color rojo sangre que parecía que iba a estallar con sólo rozarla; en cierta ocasión se puso a guiñar los ojos furiosamente, sin parar durante un largo rato. Me parecía que en aquella declaración había algo que debía afectar a toda esa gente. El llavero, que estaba a mi lado, le dijo a su compañero: «Fíjate en el viejo magistrado Best que toma notas en su agenda»; y de repente tuve la convicción de que todo el asunto, el largo y fastidioso proceso, las declaraciones, el alarde de equidad, tomaban un aire de parodia, como una simple formalidad; que los jueces y los asesores y el hombre con la papera no mostraban interés alguno por mi caso. La conclusión se conocía de antemano.




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