La aventura
La aventura Un hombre diminuto, de cabellos rubios, untados de pomada y más bien largos para la época, que estaba siempre revolviendo las sortijas de sello rojas y verdes que llevaba en los dedos, entró remilgadamente en el estrado de los testigos. Durante bastante tiempo sostuvo lo que parecÃa ser una amable conversación con sir Robert Gifford, un hombre alto, de mirada siniestra, que tenÃa pobladas cejas negras, como penachos de crines de caballo hincados en las grietas de un acantilado. La conversación fue como sigue:
—¿Es usted el honorable Thomas Oldham?
—SÃ, sÃ.
—¿Conoce usted bien Kingston, en Jamaica?
—Estuve allà cuatro años: dos como secretario en el gabinete de su Excelencia el duque de Manchester, y otros dos como secretario civil del almirante de la guarnición.
—¿Vio usted al prisionero?
—SÃ, tres veces.