La aventura

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Respiré a fondo; por un momento pensé que al fin se habían puesto en mis manos. El hecho probaba por sí mismo que yo había estado en Jamaica, y no en Río Medio, durante aquellos dos años. Mi corazón empezó a latir con fuerza como un gran tambor solemne, como la campana de San Pablo cuando el Rey muere… solemne, insistente, dominándolo todo. El hombrecillo daba cuenta de la «abominable» confusión que reinaba en el comercio de la isla a causa de las fechorías de un pirata llamado Nikola el Demonio.

—Les aseguro, milores —chilló, volviéndose de pronto a los jueces—, que la isla llegó hasta tal punto de… ¡ay!… de deslealtad. Los… ay… plantadores pedían a voces… ay… la separación. Y, por supuesto, confío en que ahorcarán al prisionero, pues si no lo hacen…

Lord Stowell se estremeció y de repente dijo con prisas:

—Míster Oldham, diríjase a sir Robert.

Casi me alegré; era evidente que había enseñado la oreja de manera irrecusable. El hombrecillo inclinó la cabeza con brío ante el viejo juez, pidió una silla y se sentó, arreglándose los faldones de la levita.


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