La aventura
La aventura —Como iba diciendo —balbuceó—, los engorros y las preocupaciones que este hombre causó a su Excelencia, a mà mismo y al almirante Rowley fueron inconcebibles. No tienen ustedes idea… ay… no pueden concebirlo. Y no es de extrañar, pues, tal como resultaron las cosas, la isla se llenó sencillamente de espÃas y agentes. No pueden hacerse ustedes una idea; gente que parecÃa de lo más respetable, gente con la que nosotros mismos tenÃamos relaciones…
Siguió desgañitándose durante bastante tiempo, mientras el abogado tomaba enormes pulgaradas de rapé amarillo, sonriendo afablemente como un domador de caballos que observa a un poni ejecutando perfectamente los trucos más difÃciles. De vez en cuando chasqueaba su látigo.
—MÃster Oldham, usted vio tres veces al prisionero. Si no es pedirle demasiado a su memoria, le ruego que me lo diga.
Y la pequeña criatura se encabritó en una nueva dirección.
—¡Pone usted a prueba mi memoria! Dios mÃo, eso me gusta. ¿Se acuerda de un hombre que estuvo a punto de quitarle la vida?