La aventura
La aventura Le habÃa estado examinando impacientemente, pero ahora se habÃa desvanecido mi interés. Una vez más se iba a repetir la vieja confusión de mi identificación con Nikola. Y sin embargo me parecÃa conocer la voz de falsete del pobre diablo; una voz asà no se olvida fácilmente.
—¡Lo recuerdo! —chilló él—. ¡Dios santo!, caballeros del jurado, estuvo a punto de… No tienen ustedes idea del demonio feroz que es.
Me preguntaba por qué diablos Nichols habrÃa querido matar a semejante ser. Porque era obvio que debÃa haber sido Nichols.
—Estuvo a punto de asesinarme a mÃ, al almirante Rowley y a un tal mÃster Topnambo, uno de los habitantes de la isla… ay… más ilustrados y leales, en las escaleras de una posada pública.
Obtuve pues la explicación. Era el hombrecillo con el que David Macdonald habÃa caÃdo rodando por las escaleras, aquella noche en la Posada del Transbordador, camino de la ciudad española.
—Nos estaba esperando con una pandilla de asesinos. Fui apuñalado en el labio superior. Perdà tanta sangre… tuve que ser dado de baja… no puedo pensar en aquel horrible episodio sin estremecerme.