La aventura

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Me había visto entonces, y también cuando Ramón («un español que después resultó ser un espía del Demonio… del prisionero. Fue ahorcado después») me había echado del lugar de la ejecución después de colgar a siete piratas; y había entrado en el almacén de Ramón en el momento en que Carlos («un infernal pirata, si es que hubo alguno», protestó el hombrecillo) me había llevado a la fuerza a la trastienda, donde esperaban don Baltasar, O’Brien y Serafina. Los hombres encargados de vigilar la casa de Ramón no me habían visto salir de nuevo y más tarde se descubrió un túnel secreto que conducía al muelle.

—Así fue, aparentemente, cómo el prisionero solía llegar a la isla y la abandonaba sin que le vieran —concluyó con autoridad, y el abogado cejijunto y corpulento se sentó.

Yo no era tan estúpido como para no ver que los acontecimientos más inocentes de mi pasado iban a surgir para abrumarme; pero estaba seguro de que podía llegar a hacerle reconocer la verdad de mi historia, que todavía no había contado. El sabía que yo había estado en Jamaica y, aunque lo interpretase como le diese la gana, tendría que admitirlo.

—¡Gracias a Dios —grité—, al fin ha llegado mi turno!


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