La aventura

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Los rostros del fiscal general, del abogado del Rey, sir Robert Gifford, del señor Lawes, del señor Jervis, de los siete acusadores reunidos para perderme, sonrieron simultáneamente y su risa burlona se extendió por todo el estrado del jurado. Pero no me importó; yo también me reí abiertamente. Se iban a enterar.

Fue como si me hubiese arrojado a la garganta de aquel hombrecillo. Me pareció que debía ser capaz de amilanar a una criatura cuya maldad era tan obvia y tan vana como los anillos verdes y rojos que exhibía en su pelo cada cinco minutos. El quería mostrar al jurado que llevaba anillos; que era un remilgado petimetre; que yo no llevaba anillos y que era un pirata sanguinario.

—Ya sabe usted —le dije— que durante los dos años completos que Nichols pasó en Río, yo hacía mi aprendizaje en Horton Pen con los Macdonald, agentes de mi cuñado sir Ralph Rooksby. Debe usted saber estas cosas, pues fue uno de los espías del duque de Manchester.

Acostumbrábamos a llamar así al consejero privado del duque.

—Tenga la seguridad de que no sé nada de todo eso —dijo él, juntando las manos sobre el borde del estrado de los testigos, como si acabase de descubrir aquel nuevo medio de exhibir sus anillos. Era de una detestable frialdad.


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